
jueves, 24 de marzo de 2011
BeNDiTo SiLeNciO, Córdoba1
Nos despedimos de valencia al son que marcaban un grupo de falleriles vándalos que a las puertas de la estación, no cesaban de soltar toda su artillería pesada en forma de petardos y masclets, siempre bajo la atenta mirada de su profesor que incomprensiblemente hacia oídos sordos (nunca mejor dicho) a las terroristas tendencias de sus pupilos. Ansiosos, mi amiga Angeles y servidor, esperábamos la llegada del tren que nos sacará de semejante infierno institucional.
Hace ya muchos años, demasiados, que dejé Córdoba. Estaba deseando reencontrarme con un montón de recuerdos y vivencias que quedaron sepultadas cual ruina romana en una ciudad en la que la historia te sale al encuentro a cada paso.
Un largo viaje en tren que sorprendentemente no nos resultó excesivamente pesado. A lo largo de las casi 7 horas de viaje, hubo tiempo para todo, conversaciones pendientes que la vorágine diaria no nos permite realizar, apetecibles visitas al vagón-bar, autodefinidos, bocadillos de jamón y queso, y estimulantes paradas del tren para fumar en oportunos andenes de estación, protegidos por la ley anti-tabaco.
Una gélida y desconocida estación nos abrió las puertas de la ciudad de córdoba. Han pasado tantos años, y tantos AVES. Con la dispersión que nos caracteriza, conseguimos salir
al exterior, una vez en la calle, mi confusión iba en aumento, teniendo que recurrir a la siempre amable disposición de los cordobeses para llegar hasta nuestro hotel. De camino, mis recuerdos me salieron al paso de forma inesperada, comprobando taciturno que aquella farmacia en la que pasé un año sirviendo a la patria, es ahora un ruinoso local en venta.
El hotel Boston nos recibió con la elegancia que le caracteriza, y esa escalinata franqueada por tres maravillosas columnas de escayola que dan entrada a la recepción, a la que no se puede acceder en ascensor. Una vez instalados y conectados al ciber espacio, comenzamos nuestra andadura, nuestro primer contacto con la ciudad.
De forma espontánea decidimos, o mejor improvisamos, simplemente dejarnos llevar y disfrutar de eso que solo una situación de vacaciones te puede regalar, estoy hablando de la capacidad de po
der disfrutar de unos días de descanso, sin compromisos, sin maratonianas excursiones. Cuatro días para disfrutar de la belleza, hospitalidad y buen comer de Córdoba. Sin pretenderlo comenzamos a caminar sin rumbo fijo, dejándonos llevar por la historia y los recuerdos con los que nos íbamos tropezando. Así, sin querer, llegamos a la judería donde a modo de saludable aperitivo, nos tomamos unos vinitos en Bodegas Guzmán, a la sombra de la tertulia taurina de Finito de Córodoba. Un aperitivo que tuvo su fin de fiesta en un fantástico restaurante que un viandante tuvo a bien recomendarnos en la misma judería.
Hace ya muchos años, demasiados, que dejé Córdoba. Estaba deseando reencontrarme con un montón de recuerdos y vivencias que quedaron sepultadas cual ruina romana en una ciudad en la que la historia te sale al encuentro a cada paso.
Un largo viaje en tren que sorprendentemente no nos resultó excesivamente pesado. A lo largo de las casi 7 horas de viaje, hubo tiempo para todo, conversaciones pendientes que la vorágine diaria no nos permite realizar, apetecibles visitas al vagón-bar, autodefinidos, bocadillos de jamón y queso, y estimulantes paradas del tren para fumar en oportunos andenes de estación, protegidos por la ley anti-tabaco.
Una gélida y desconocida estación nos abrió las puertas de la ciudad de córdoba. Han pasado tantos años, y tantos AVES. Con la dispersión que nos caracteriza, conseguimos salir
El hotel Boston nos recibió con la elegancia que le caracteriza, y esa escalinata franqueada por tres maravillosas columnas de escayola que dan entrada a la recepción, a la que no se puede acceder en ascensor. Una vez instalados y conectados al ciber espacio, comenzamos nuestra andadura, nuestro primer contacto con la ciudad.
De forma espontánea decidimos, o mejor improvisamos, simplemente dejarnos llevar y disfrutar de eso que solo una situación de vacaciones te puede regalar, estoy hablando de la capacidad de po
Ya de madrugada, decidí dar una vuelta solo p
martes, 22 de marzo de 2011
lunes, 21 de marzo de 2011
CóRDoBa
Después de unos días de merecido descanso, el Dr. Magenta vuelve a la carga renovado tras mi escapada cordobesa. Cinco fantásticos días lejos de petardos y petardas, de falleros y falleras. Cinco días que servidor ha tenido a bien regalarse a si mismo, para hacer lo que le apetecía en cada momento. Sin excursiones organizadas, sin compromisos previos ni visitas obligadas. Cinco días de homenaje al “carpe diem” en los que cualquier sugerencia era bien recibida. Cinco inolvidables días en los que simplemente seguir mis pasos, perdidos entre las callejuelas de Córdoba, era todo un regalo. Afortunadamente a mi vuelta, los truenos ya habían cesado, las calles de valencia eran de nuevo paseables, y las vallas metálicas ya no impiden el paso.
A mi vuelta, me he encontrado la mesa llena de trabajo por hacer, en breve el blog volverá a llenarse de historias que contar y que imaginar, de portadas de discos imposibles y de los siempre bien recibidos comentarios de los que me seguís.
lunes, 14 de marzo de 2011
viernes, 11 de marzo de 2011
SuReÑa EsCapaDa
Como decía en el post anterior, la guerra ha comenzado, este año el doctor Magenta ha decidido escapar, huir de la batalla en busca del silencio perdido, del civismo perdido. Después de barajar distintas posibilidades, finalmente me he decantado por irme unos días al sur, concretamente a la ciudad de Córdoba, en la que viví durante un año, y a la que no he vuelto desde entonces, hace ya la friolera de 25 años. El hecho de poder pasear por sus calles sin tener que ir esquivando a los aprendices de pirotécnicos que abarrotan las calles de valencia, estar sentado en una terraza tomando un café, o simplemente disfrutando del silencio al compás de los acordes de guitarra que marcan las horas en el reloj de la Pza de la Tendillas en Córdoba, ya es un regalo.
FaLLeRiL SuRReaLisMO
Un año más, las hordas falleras vuelven a tomar las calles, esas mismas calles, que bajo el amparo de las autoridades locales, convierten en suyas, sin el más mínimo respeto hacia el resto de los ciudadanos. En una época en la que los que nos gobiernan se preocupan de manera sospechosa por nuestro bienestar, de prohibiciones extremas, absurdas, incluso surrealistas en otros casos, resulta paradójico observar que en valencia y durante las fallas, todo vale. Me sorprende y sobretodo me cabrea enormemente descubrir que si bien un ciudadano le puede caer 90 euros de multa por tirar una colilla al suelo, en valencia durante marzo uno puede ir tirando petardos por la calle sin que nada ni nadie se inmute. En tiempos en reducciones de velocidad, de ahorro energético, de leyes antitabaco incoherentes e inoportunas, Valencia se convierte durante unos días (cada vez más) en un polvorín, en el que cualquiera puede ejercer de improvisado pirotécnico, cuando quiera y donde quiera. Somos muchos los que sufrimos cada año, la falta de respeto, el vandalismo y la mala educación de otros tantos, sin que las autoridades hagan algo al respecto. Las imágenes de la alcaldesa de la ciudad jactándose de la reducción de edad permitida para tirar petardos, no hacen más que confirmarme la poca consideración que nuestros ediles tienen hacia esos otros ciudadanos que nos sentimos desprotegidos ante tanta desfachatez y falta de congruencia.
No estoy en contra de las fallas, ni de los falleros, insisto en que es algo tan simple como tener un mínimo de respeto hacia los ciudadanos, todos los ciudadanos, los que viven la fiesta, y los que resignados no tenemos mas remedio que soportarla.
No entiendo esa necesidad que tienen las comisiones falleras por cortar las calles y llenarlas de vallas metálicas esponsorizadas por marcas de arroz, sin ningún tipo de criterio ni necesidad, solo por el afán de hacerlas suyas. Durante días (insisto, cada vez más) Valencia queda paralizada por las fiestas, que no la vida diaria, los comercios, las oficinas, el transporte publico, el acceso con automóvil. Todo vale para que nuestra alcaldesa haga gala de ese irritante populismo que la mantiene en el poder y que convierte a esa inmensa minoría que sufrimos sus cons
ecuencias, en ciudadanos de segunda.
Desde el pasado martes, el acceso a mi calle esta bloqueado por una enorme carpa blanca de más que dudosa utilidad, bueno si, sirve de cómodo aparcamiento a los coches de los falleros. En breve, los niños y los no tan niños tomaran mi calle, convirtiendo la entrada a mi domicilio en una zona de fuegos, sin ningún tipo de permiso y sobretodo sin ningún tipo de respeto. En días de nuevo esas carpas se llenaran de gente dispuesta a no dejarnos descansar en toda la noche, la guerra ya ha empezado y el doctor magenta este año ha decidido exiliarse en beneficio de su salud física y mental.
No estoy en contra de las fallas, ni de los falleros, insisto en que es algo tan simple como tener un mínimo de respeto hacia los ciudadanos, todos los ciudadanos, los que viven la fiesta, y los que resignados no tenemos mas remedio que soportarla.
No entiendo esa necesidad que tienen las comisiones falleras por cortar las calles y llenarlas de vallas metálicas esponsorizadas por marcas de arroz, sin ningún tipo de criterio ni necesidad, solo por el afán de hacerlas suyas. Durante días (insisto, cada vez más) Valencia queda paralizada por las fiestas, que no la vida diaria, los comercios, las oficinas, el transporte publico, el acceso con automóvil. Todo vale para que nuestra alcaldesa haga gala de ese irritante populismo que la mantiene en el poder y que convierte a esa inmensa minoría que sufrimos sus cons
Desde el pasado martes, el acceso a mi calle esta bloqueado por una enorme carpa blanca de más que dudosa utilidad, bueno si, sirve de cómodo aparcamiento a los coches de los falleros. En breve, los niños y los no tan niños tomaran mi calle, convirtiendo la entrada a mi domicilio en una zona de fuegos, sin ningún tipo de permiso y sobretodo sin ningún tipo de respeto. En días de nuevo esas carpas se llenaran de gente dispuesta a no dejarnos descansar en toda la noche, la guerra ya ha empezado y el doctor magenta este año ha decidido exiliarse en beneficio de su salud física y mental.
jueves, 3 de marzo de 2011
miércoles, 2 de marzo de 2011
EFíMeRa eSENCia
Cogio su mano con firmeza, agarrándola con inusitada fuerza, en abrumador contacto con todos y cada uno dé los poros de su piel.
En un absurdo intento por no dejarla escapar, y al compás de sus últimos suspiros, apoyó la cabeza en su hombro, persistiendo en la exasperada idea de no perderla para siempre, mientras besaba su mano en un último intento por regalarle la vida. La vida que a ella le faltaba y que el había comenzado a perder.
Un último y definitivo estertor, puso fin a su agonía, a su larga e injusta agonía. Un seco y rotundo estertor le devolvió a la más cruda de las realidades, aquella que la imaginación ni siquiera se había querido plantear.
Un gélido e insensibilizado “ya esta” en boca del medico de guardia, no hizo mas que confirmarle lo que ya sabia y se negaba a aceptar. Desesperado, volvió a coger la mano de ella con fuerza, al tiempo que, en un último intento por retener su esencia, hundía su entrecortada respiración en el pecho de su madre. Ese mismo pecho que le había dado calor y protección durante toda su vida.
Habían transcurrido cerca de tres meses desde el fatal desenlace, tres meses en los que Miguel apenas pudo dar tregua a la tristeza y el dolor. Un más que oportuno cambio de domicilio, una nueva vida, habían marcado su devenir cotidiano, marcado por el continuo ajetreo que provoca un cambio de residencia. Fueron meses marcados a golpe de mudanza, con la provisionalidad como compañero de viaje. Meses de apresuradas y continúas decisiones, meses de despedidas y bienvenidas en los que tuvo que relegar el dolor por la perdida a un segundo plano. No le falto, sin embargo, el apoyo de gente que le quería y que le acompañó en tan desesperado trayecto que por fin había llegado a su fin. Orgulloso por el trabajo realizado, paseaba por la casa, su casa, comprobando que ya todo estaba en su sitio. Fue entonces cuando reparó en aquella caja de cartón que reposaba sobre uno de los estantes superiores del trastero. Allí estaba, junto a una caja que contenía loza de cocina, y bajo otra que protegía a un pequeño radiador eléctrico.
Un golpe seco se instaló en su estomago cuando pudo ver la palabra que lucia en el lateral de la misma. Un escueto “mama”, escrito de tosca manera con rotulador negro, devolvió a Miguel a la más descarnada realidad. Sin pensarlo demasiado, bajó la caja del armario y la dispuso sobre la mesa del salón. De forma ceremoniosa comenzó a abrir aquella caja que unos meses antes, en plena mudanza, su amiga Raquel se había encargado de guardar para evitarle más dolor. Un ligero aroma apenas perceptible pero siempre reconocible, asomo de la misma en el momento en el que la abrió. En su interior compartían espacio prendas de ropa, objetos personales, documentos, de su madre que Miguel inmediatamente reconoció con una emocionada sonrisa. Como si de una joya se tratase, sacó de su interior un viejo batín, un viejo y ajado batín que sin poder reprimirse y dejándose llevar por la emoción, tomó entre sus brazos al tiempo que, de forma desesperada comenzó a oler con ansiedad, mientras cerraba los ojos.
Un intenso e indescifrable aroma le trasladó a un pasado no tan lejano. Una efímera esencia consiguió, durante escasos segundos, devolverle a su madre. Con delicadeza plegó el deslucido batín, humedecido por furtivas lagrimas, y lo introdujo de nuevo en la caja. Una caja que desde día pasó a formar parte de sus más valiosos objetos.
En un absurdo intento por no dejarla escapar, y al compás de sus últimos suspiros, apoyó la cabeza en su hombro, persistiendo en la exasperada idea de no perderla para siempre, mientras besaba su mano en un último intento por regalarle la vida. La vida que a ella le faltaba y que el había comenzado a perder.
Un último y definitivo estertor, puso fin a su agonía, a su larga e injusta agonía. Un seco y rotundo estertor le devolvió a la más cruda de las realidades, aquella que la imaginación ni siquiera se había querido plantear.
Un gélido e insensibilizado “ya esta” en boca del medico de guardia, no hizo mas que confirmarle lo que ya sabia y se negaba a aceptar. Desesperado, volvió a coger la mano de ella con fuerza, al tiempo que, en un último intento por retener su esencia, hundía su entrecortada respiración en el pecho de su madre. Ese mismo pecho que le había dado calor y protección durante toda su vida.
Habían transcurrido cerca de tres meses desde el fatal desenlace, tres meses en los que Miguel apenas pudo dar tregua a la tristeza y el dolor. Un más que oportuno cambio de domicilio, una nueva vida, habían marcado su devenir cotidiano, marcado por el continuo ajetreo que provoca un cambio de residencia. Fueron meses marcados a golpe de mudanza, con la provisionalidad como compañero de viaje. Meses de apresuradas y continúas decisiones, meses de despedidas y bienvenidas en los que tuvo que relegar el dolor por la perdida a un segundo plano. No le falto, sin embargo, el apoyo de gente que le quería y que le acompañó en tan desesperado trayecto que por fin había llegado a su fin. Orgulloso por el trabajo realizado, paseaba por la casa, su casa, comprobando que ya todo estaba en su sitio. Fue entonces cuando reparó en aquella caja de cartón que reposaba sobre uno de los estantes superiores del trastero. Allí estaba, junto a una caja que contenía loza de cocina, y bajo otra que protegía a un pequeño radiador eléctrico.
Un golpe seco se instaló en su estomago cuando pudo ver la palabra que lucia en el lateral de la misma. Un escueto “mama”, escrito de tosca manera con rotulador negro, devolvió a Miguel a la más descarnada realidad. Sin pensarlo demasiado, bajó la caja del armario y la dispuso sobre la mesa del salón. De forma ceremoniosa comenzó a abrir aquella caja que unos meses antes, en plena mudanza, su amiga Raquel se había encargado de guardar para evitarle más dolor. Un ligero aroma apenas perceptible pero siempre reconocible, asomo de la misma en el momento en el que la abrió. En su interior compartían espacio prendas de ropa, objetos personales, documentos, de su madre que Miguel inmediatamente reconoció con una emocionada sonrisa. Como si de una joya se tratase, sacó de su interior un viejo batín, un viejo y ajado batín que sin poder reprimirse y dejándose llevar por la emoción, tomó entre sus brazos al tiempo que, de forma desesperada comenzó a oler con ansiedad, mientras cerraba los ojos.
Un intenso e indescifrable aroma le trasladó a un pasado no tan lejano. Una efímera esencia consiguió, durante escasos segundos, devolverle a su madre. Con delicadeza plegó el deslucido batín, humedecido por furtivas lagrimas, y lo introdujo de nuevo en la caja. Una caja que desde día pasó a formar parte de sus más valiosos objetos.
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